Voten al Mono

No me extenderé mucho, simplemente quiero contar una de esas historias que ejemplifican lo brillante que puede llegar a ser la gente más normal y corriente.

El destino me ha llevado a beber un café en una de las cafeterías más conocidas y visitadas de Compostela: el café Casino. Las paredes forradas en madera y los sillones tipo Majestic quitan el hipo, pero no impiden hablar de las cosas que nos inquietan a dos jóvenes descontentos. Parece que lo mismo sintió el camarero del local, un señor amable y divertido que supo como encajar un chiste y una guinda sobre la manifestación que hoy se celebra en Madrid.

Fue ahí cuando, viendo que nuestras bocas le sonreían y nuestros ojos pedían más, el hombre nos regaló un pensamiento atronador: “Mirad lo que os digo, si yo pudiera, votaba a un mono como presidente. Le daba una banana y lo mandaba al parlamento y a la Moncloa, para que los eche a todos de allí, a bananazos, que es lo único que merecen“.

Animado por nuestras carcajadas, el hombre se dispuso a seguir hablando, pero algo se cruzó en su cabeza, haciendo que su chiste pasara a convertirse en uno de esos discursos que recordaré de por vida. Atentos: “Disfruto mucho de algunos programas de televisión y me disgusta mucho lo que veo. Los comentaristas atacan a los nuevos candidatos y le dicen a la gente que votarlos sería irresponsable, que no sabrían gobernar un país y que, posiblemente, nos llevarían a la ruina social, política y económica. Creo que esa es la razón por la que votaría a un mono.

No sé exactamente en qué cosas radica el miedo, ni la desgracia, pero no entiendo como alguien puede tenerle miedo a que Podemos intente cambiar las cosas en este país. Me siento terriblemente estafado, he pagado deudas de instituciones sobre las que no he podido opinar, he visto como cientos de políticos quedaban impunes ante casos de corrupción y he escuchado auténticas barbaridades sobre los recortes y las nuevas leyes represivas. He escuchado todo esto después de pasarme el día dando café, trabajando duramente, sin entender muy bien como dos personas pueden pensar tan diferente.

Me gustaría poder hablar con estas personas y hablarles de mi mono. Seguramente se reirían, la gente siempre se ríe cuando les digo estas cosas, pero yo votaría a un mono para que los eche a todos de allí, después ya veremos.

Es cierto que un mono no sabe gobernar un país, claro que no, pero por lo menos se contenta con una banana y va a hacer únicamente lo que nos esperamos de él. Sería más honrado y más cercano a mi interés que muchos políticos, yo quiero que me gobierne un mono.”

El camarero paró unos segundos y nos enseñó una de esas sonrisas de la gente bondadosa, una de esas sonrisas en las que no cabe la malicia y añadió:

“Sólo tengo una cosa más que decir si me lo permiten, y ya habré terminado.

Votaría a un mono, claro que lo votaría, estaría encantado de que todo el mundo lo votara porque al final, después de ver lo que veo cada día, creo que lo único que compartimos los seres humanos, es que todos somos monos.”

Mientras se alejaba hacia la barra, mi cabeza aterrizó de nuevo en mi cuerpo, ya no podría quitarme todas esas palabras del cogote hasta sentarme delante del ordenador. Estaba tan despistado, que al salir olvidé mi paraguas. Al volver a por él, esperando en la puerta con una sonrisa, estaba el amable camarero, que tras entregármelo y despidiéndose con una sonrisilla entre pícara y atareada, sólo dijo una cosa más:

“Voten al mono”.

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