Ponte en mi lugar, la empatía perdida

Nuestra sociedad puede ser una cueva o una cadena montañosa que llega hasta el horizonte. Cuando nuestra sociedad es una cueva, es fría, oscura, estrecha y sinuosa; cuando es una cadena montañosa, es amplia, diversa e increíblemente bella. Ambas figuras, ambos mundos comparten dos cosas: es necesario ser un intrépido explorador para habitarla y que, si gritas con fuerza, el eco ayudará a que todo el mundo pueda escucharte.

Durante los últimos años, en nuestra sociedad se ha impuesto un “eco” diferente, que distribuye lo que nos parece bonito en lugar de lo que necesitamos que se distribuya. Durante los últimos años, en nuestra sociedad se habla mucho de inteligencia emocional y empatía, de derechos y de educación, de dejar a los niños ser niños y de no obligarlos a ser adultos. Sin embargo, hay algo que está pasando en nuestra sociedad y que necesitamos remediar: los padres olvidan su vida de niños, olvidan las cosas que les importaban y cuanto les importaban y eso les impide ser conscientes de aquello que les importa a sus hijos y cuanto les importa.

La asociación Educo, que actúa en defensa de los derechos y el bienestar de los niños, ha lanzado una campaña que pone de manifiesto esta importante cuestión, confiando en que los adultos puedan “invertir” 3 de sus importantes minutos para pensar.

Llevamos años hablando de empatía sin ser conscientes de lo que la empatía supone. Es cierto que la mayor parte de nosotros entendemos que se trata de “ponerse en los zapatos del otro”, sin embargo, con eso no basta, es necesario “andar con los zapatos del otro, hasta sangrar como el otro sangra”.

En cualquier taller de “inteligencia emocional” o de “empatía” nos dirán que debemos escuchar a los demás y darle importancia a sus actos, pero no nos enseñan a seguir el hilo de pensamientos, pensamientos que los ha llevado a esa suposición.

De nada sirve que aceptes las chorradas de Perez, ese compañero de trabajo tan pesado, si no has sido capaz de pensar que quizás, su preocupación por que las cosas se hagan correctamente, responde al miedo que siente en un contexto que no controla. De nada sirve que aceptes los aspavientos de tu vecina anciana, si no llegas a comprender que, cuando tu ves películas de terror a las 2 de la mañana, ella está sola en su piso viejo, oscuro y con muebles que crujen. De nada sirve que aceptes que tu hijo es un niño si no aceptas que tiene sus pensamientos de niño, que no son como tus pensamientos de adulto y que su mundo es tan importante para él como para ti el tuyo.

Tómate enserio el mundo de los niños, tan en serio como lo haría un niño, ni más ni menos.

Por tanto, sólo eso, sé empático de forma plena, analiza porque el otro ha llegado a ese pensamiento, analiza porque comenzó siquiera ese pensamiento. Quizás así lleguemos al día en que los niños no sientan que nuestra sociedad es una cueva sinuosa, fría y oscura, si no una cadena montañosa, amplia, diversa e increíblemente bella, donde puedan gritar sus pensamientos confiando en que todo el mundo les escucha.

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