La puerta anti estrés

Llevo cinco años viviendo fuera de casa por mis estudios. En estos cinco años he vivido en cinco pisos distintos, pisos de estudiante, pequeños, viejos, con defectos y desperfectos. Pisos en los que han vivido otros muchos antes que yo y donde la primera llave, la que era “la buena” se perdió tiempo atrás y la que te toca es una llave copiada, de una copiada, de una copiada de la original.

Cualquier estudiante que viva en Santiago sabe que las llaves “recopiadas” tienen el defecto de abrir mal, sin embargo, a lo largo del curso vas comprendiendo el truco y al final puedes abrir como si nada. Este año me he topado con una puerta y una llave totalmente diferentes. Mi edificio tiene una puerta anti estrés.

La puerta de mi portal abre con dificultad, sin embargo, por más que he intentado encontrar el “truco” de la cerradura, he sido incapaz. Ni empujando, ni sacándola levemente para fuera, ni moviendo en zigzag… ninguna de las estrategias clásicas del estudiante funcionan con esta puerta. Su truco es mucho más interesante.

Cuando estoy contento y de buen humor, llego a mi casa y relajadamente meto la llave, que suelta un suave chasquido (casi una invitación) y me deja entrar. Cuando llego cansado de la facultad, de mal humor por haber pasado una mañana de forma improductiva, la puerta no me deja entrar. Cuando llego a casa estresado porque tengo que cambiarme rápido para acudir a un compromiso, no me deja entrar. Cuando llego a las tantas de la noche, ya aburrido de la fiesta y pensando en las clases del día siguiente, no me deja entrar.

Cuando llego me cago en la puerta. La empujo, la golpeo, muevo la llave con rabia para un lado y para el otro, le doy más fuerte, más suave, se lo pido por favor, lloro un poco… y la puerta no se abre. Comienza entonces la labor anti estrés de mi puerta, poniéndome diferentes opciones sobre la mesa.

Puedo timbrar a mis compañeras de piso, arriesgarme a alguna que otra broma y una conversación de bienvenida, que seguramente me relaje y me haga desconectar. Anti estrés.

Puedo esperar a que aparezca alguna vecina simpática y joven que, con una sonrisa, me deje entrar, esa sonrisa me parece preciosa y oye, siempre ayuda. Anti estrés.

Puedo esperar a que aparezca el típico vecino raro que fuma puros en el ascensor, por lo que subiré estos 6 pisos por escaleras. Una idea maravillosa, me reiré un poco de mi vecino y sus purillos, haré ejercicio y para cuando llegue a casa se me habrá pasado el cabreo. Anti estrés.

Puedo también y ya por último, resoplar y mirarme en el cristal, mirarme un poco a los ojos y pensar “relájate, sólo es una puerta, hay cosas peores”. Acto seguido consigo abrir la puerta y parece que al lograrlo, todo el estrés del día se quedara fuera, en la calle. Ahora sí, anti estrés.

Mi puerta me obliga a dejar el estrés fuera y entrar a mi casa sin él, sólo dispuesto a relajarme y descansar.

Por supuesto, es absurdo pensar que mi puerta sepa lo anti estresante que me resulta. La puerta no es anti estrés, yo lo soy. Cuando tengo un problema lo relativizo (sólo es una cerradura!), lo olvido ante una cosa divertida (qué sonrisa tiene mi vecina!), trabajo duro para arreglarlo (una gran cantidad de escaleras) o pido ayuda (a mis compis de piso).

Sea como sea, sea yo o la puerta, la cuestión es que yo estoy en mi casa y el estrés se quedó fuera, así que la próxima vez que no seas capaz de abrir una puerta, mira hacia arriba y di… “genial, una puerta anti estrés”.

Iago González Pazos

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4 comments

  1. Por un momento creía que trataría de adoptar un rol de esos que tanto te gustan a ti xDDD.

    Buena reflexión, muchas veces nos olvidamos de que la mayoría de las veces los problemas están en nuestra cabeza y que depende de nosotros el cómo tomárnoslos y afrontarlos. Todo es una cuestión de perspectiva.

  2. Vaya, me ha gustado tu escrito. Y yo también quiero una puerta anti estrés. Aunque creo que más que una cosa, yo tengo la suerte de tener algún que otro amigo anti estrés y funciona, vaya si funciona!

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